Es ciertamente curioso escuchar a veces en América Latina comenmtarios en contra, o semi en contra, de las privatizaciones. En Brasil aún se escuchan voces diciendo que la privatización en el país no fue del todo un éxito. El argumento principal para sostener tal afirmación es que las necesidades energéticas del país no están siendo atendidas debidamente.

Sería importante realizar un ejercicio un poco más exhaustivo de la situación actual, no sólo de Brasil, sino de prácticamente toda la región. Sobre todo porque ciertas comentarios suenan a anti privatización, cuando en realidad lo que se debe querer decir es que en Brasil no se ha sabido privatizar lo más eficientemente posible. La cuestión no es qué hacer, sino cómo hacerlo.

La privatización no es la formula de la Coca-cola, que funciona en todos lados por igual, y puede ser muy o poco eficiente dependiendo de donde se aplique y cómo.

Por ejemplo, en Argentina la privatización puede considerarse uno de los casos más exitosos: fuerte inversión del sector privado que terminaron con racionamientos, precios al consumidor muy bajos y la creación y estimulación de empleos directos e indirectos.

Ahora bien, si el país adolece de una estructura macroeconómica sólida y unas instituciones gubernamentales fuertes que se mantenga firmes a la hora de hacer cumplir las reglas del juego, entonces, no es que la privatización ahora sea un desastre, sino que más bien ha habido una falta de adaptación a las nuevas circunstancias macroeconómicas y políticas. De ahí que, tal vez, la regulación, y no la privatización, puede tener mayor responsabilidad en la situación actual de Brasil y otros lugares en similares circunstancias.

Hay quienes piensan que la reforma del sector y su regulación deben ser dotadas de cierto dinamismo. El mercado no permanece estático y cierto poder de maniobrabilidad es aconsejable para obtener los beneficios resultantes de la misma. Es evidente, que en industrias como la energética, de vital importancia, dejarlo todo en manos del sector privado conlleva un riesgo, porque los beneficios sociales no se contabilizan en los balances financieros. Por eso, el marco debe encontrar el equilibrio conyugal entre el sector privado y el público, algo que en Brasil se sigue persiguiendo.

Más que acusar a la privatización, es importante entender que donde América Latina ha fallado es en la seguridad, o mejor dicho, inseguridad, que provocan sus marcos regulatorios y sus fundamentos macroeconómicos. Los gobiernos, como el brasileño, intentan crear nuevos marcos que vuelvan a incentivar al capital privado. El problema radica en que los nuevos marcos, por muy interesantes que suenen, no van a dejar indiferente a nadie, principalmente porque nadie garantiza que las nuevas reglas no estén grabadas en papel mojado.

La privatización es un conceto que no existe hasta que se aplica, como la justicia o el amor, y es en su aplicación donde se falla o se tiene éxito. Las reformas sectoriales se impulsaron para el beneficio de los ciudadanos. Es decir, suficiente abundancia de energía para cubrir las necesidades del país a precios asequibles para la mayoría. En América Latina estas promesas, en muchos casos, no se están cumpliendo, como tampoco se cumplían antes de la privatización, por lo que ésta no debe ser la causa de los males del sector.

Rafael A. Junquera
Editor