Rafael A. Junquera,
Editor

Si importar zapatos de China es más barato que producirlos en el mercado doméstico, tiene sentido el dejar de producirlos para destinar los recursos en sectores más eficientes de la economía. El efecto onda expansiva a largo plazo indica una mejora en la competitividad internacional de los productos domésticos y ayuda a que los locales puedan llevar zapatos que cuestan menos que si se produjeran por una industria nacional ineficiente.

La teoría está clara, y en la mayoría de los casos funciona favorablemente, pero todavía existe los que lanzan la voz en defensa de la industria zapatera local argumentando motivos de seguridad nacional. ¿Qué pasa si entramos en guerra con China y deja de vendernos botas?—argumentan—¿tendrán nuestros soldados que ir descalzos a batallar?

Bueno pues si esto le parece una chorrada, ¿cómo nos parecerá dentro de 50 años la defensa de una industria eléctrica no liberalizada? Pues eso, una tontería. Según una encuesta del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) llevada a cabo en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, México y Perú, el 63 por ciento de los latinoamericanos piensa que las privatizaciones no han beneficiado a sus respectivos países.

Los números hablan por sí solos—por lo menos los del BID. La privatización de ciertos sectores tradicionalmente gerenciados por el Estado, una vez privatizados, resultan en empresas más eficientes y que no desangran las arcas fiscales del país, porque, que nadie se engañe, una empresa estatal ineficiente sólo sobrevive con subsidios para tapar agujeros operacionales día tras día. Eso lo pagan los contribuyentes de su bolsillo y aún así más de la mitad de estos consideran las privatizaciones un fracaso.

La responsabilidad de tal percepción sólo cae en manos de políticos con mentalidad arcaica que aprovechan el impacto a corto plazo sobre el empleo para criticar unas privatizaciones, que sí bien han dado el resultado esperado, se perciben como nocivas.

En México el debate sobre la apertura del sector encuentra su mayor freno en argumentos de seguridad nacional, tan absurdos como el ejemplo de las botas provenientes de China. Y sólo faltaba que en Wall Street, Enron dejara a todo el mundo con un palmo de narices. Ahí ahora se agarran en México para seguir torpedeando la entrada de capital extranjero, única solución al dilema mexicano.

En Brasil, mientras los cariocas apuestan fuertemente por Lula, los inversionistas no se fían y esconden la plata que necesita el país porque los paquetes de ayuda económica no llueven del cielo. El default está cerca y la comunidad internacional puede darle la espalda a Brasil como lo ha hecho con Argentina. La industria eléctrica no está para bromas y más vale que las reglas de juego promuevan la entrada de capital para construir los proyectos necesarios.

Y mientras dos de los países más importantes de la región entorpecen el desarrollo de la industria de la energía, Perú se suelta el pelo e invita a todo aquel con dólares frescos a entrar a invertir. Las palabras de Toledo son todo un poema: cuídenme a mis comunidades y sacarán gas de Perú. Y dónde están los políticos que no se aferran a su sillón y realmente piensan en el pueblo. A veces las medidas menos populares son necesarias y mejores porque al final del día la población se cree lo que le dicen sus políticos, de ahí que estén convencidos de que las privatizaciones son negativas.

Botas no faltarán, por ahora, pero electricidad en muchos sitios sólo está garantizada hasta el año que viene si no se ponen nuevos proyectos en marcha. Eso, claro, sin contar los que no conocen la electricidad porque las ineficiencias pasadas así lo prohibieron.