El Protocolo de Kyoto, iniciativa destinada a frenar el efecto invernadero producido por la emisión de gases producidos por la combustión de hidrocarburos, fue finalmente ratificado por 141 países. Estas naciones se comprometen a reducir sus emisiones a por debajor de un cinco por ciento de los niveles de emisión en 1990. Esta meta se intentará alcanzar entre el periodo entre 2008 y 2012.

La nota destacada, pero no sorpresiva, fue la ausencia de Estados Unidos, país que contribuye con el 25 por ciento de las emisiones totales provocadas por sus generadoras de energía. Su negativa a ratificar el protocolo le ha supuesto un sin fin de críticas a la administración Bush, pues evitar el efecto invernadero es considerada una responsabilidad de todos, por ser el lugar de emisión de los gases independiente a su efecto negativo en todo el planeta. La ratificación por parte de Japón y Rusia ha agravado las críticas.

Aún así, y siendo justos, es cierto que Estados Unidos no está a favor del Protocolo de Kyoto, pero sí de reducir su emisión de gases a la atmósfera.

El problema radica en que económicamente el Protocolo de Kyoto no es favorable a su actual estructura económica, por lo que busca otros mecanismos. Según datos de la propia administración, el gobierno ofrece incentivos fiscales de hasta 4.100 millones de dólares hasta el 2009 para el desarrollo de proyectos renovables o el uso de energías eficientes. Además, siendo el país muy dependiente en en carbón para la generación de electricidad, se han destinado 1.000 millones de dólares para los próximos 10 años para el desarrollo de la primera planta a carbón con cero emisiones (FutureGen).

Al margen de que Estados Unidos que el resto de países, especialmente los de la Unión Europea (UE), hayan accedido pone a países en vías de desarrollo en una situación favorable. El inicio de un mercado mundial de créditos de carbono, por el cual países incapaces de reducir sus niveles de emisiones podrán comprar la cuota de aquellos que estén por debajo, puede ser un impulso importante para la financiación de proyectos energéticos en Latinoamérica.

Ademas de la posible inyección de capital para nuevos proyectos, los que se pongan en marcha serán también amigables con el ambiente, lo que ademas de beneficiar al planeta ayuda a que los diferentes mercados que utilicen estos mecanismos para poner en marcha proyectos de energía verán reducida su dependencia en combustibles fósiles, algo que será bien acogido en Latinoamérica en general pero especialmente en algunos países de centroamérica y el Caribe.

Es evidente que las renovables van a incrementar su participación en todo el mundo y el mercado de los créditos parece jugará un papel importante. Las principales empresas del sector están realizando esfuerzos para ser jugadores importantes en este ámbito.

Endesa, por ejemplo, presentó un agresivo plan de inversiones destinado a fomentar el uso de energías renovables. Durante los próximos cuatro años, del 2005 al 2009, la empresa española dijo en una ceremonia celebrada en Londres a finales de enero, que el 29 por ciento del total de sus inversiones en ese periodo irá destinado a las renovables.

Pero como dice Kenneth Westrick en el artículo en página 12, sería importante saber que tipo de proyectos son más beneficiosos y dónde para complementar lo existente y lo que venga a futuro para maximizar esas inversiones que pueden llegar producto de los créditos de carbono. Aunque la industria hoy en día se mueve al corto plazo, las administraciones deben pensar en los próximos cincuenta años basado en la nueva realidad creada por la ratificación del Protocolo de Kyoto.

Rafael A. Junquera
Editor